martes, 5 de febrero de 2013

federalistas y centralistas

Centralistas

Un buen número de mexicanos de la primera mitad del siglo XIX estaban convencidos de que el centralismo era la mejor manera de resolver los problemas de México.

Para conservar el orden político y social, lucharon por establecer una autoridad central radicada en la Ciudad de México, con poder de hacer leyes y mandar ejecutarlas de manera uniforme en todo el territorio nacional.

Pensaban que el país requería un gobierno fuerte para terminar con la anarquía imperante que ellos atribuían a la Constitución federal de 1824. Consideraban que el federalismo, inspirado en la cultura jurídica anglosajona, era ajeno a la tradición jurídica mexicana formada durante la época colonial.
La mayor parte de los centralistas pertenecían a la élite socioeconómica criolla de ese periodo. Repudiaban cualquier elemento igualitario o participativo proveniente de los revolucionarios franceses o de los Estados Unidos por considerar que causarían un rompimiento de la estructura social y llevaría al caos.

No negaban los derechos humanos limitados por el dogma católico, como era común en la época. Por el contrario, limitaban los derechos políticos a la fortuna y a la propiedad, con lo que excluían del voto a la mayor parte de la población.

Consideraban la religión católica como lazo único de unión y defendían a ultranza los privilegios de la Iglesia. Se apoyaban en el ejército, que conservaba la oficialidad y los privilegios del ejército realista que había combatido a los insurgentes.

Con el tiempo, la ideología centralista se fue identificando como “conservadurismo”. Su principal exponente fue el ilustre político e historiador Lucas Alamán.

Federalistas

Otros mexicanos sostenían que había que crear una nueva organización político-social siguiendo el ejemplo de norteamericanos y franceses que fueron capaces de transformar instituciones, establecer las más amplias libertades públicas y derechos individuales, así como gobiernos representativos abiertos a toda la sociedad. Defendían el federalismo, que garantizaba los derechos de las provincias convertidas en estados y un gobierno equilibrado con poderes compartidos entre el centro y la periferia, completando así la división de poderes. El federalismo Mexicano tuvo su origen en las diputaciones provinciales cuya creación logró el diputado coahuilense Miguel Ramos Arizpe en las Cortes de Cádiz y que más tarde defendió brillantemente en el Congreso Constituyente de 1823-1824. El federalismo fue impuesto por las provincias.

Los federalistas proponían reestructurar la sociedad sobre bases más igualitarias y justas. Ante las premuras económicas resultado del desgaste sufrido durante la guerra de Independencia, y a fin de movilizar la economía, consideraban necesario poner en circulación la riqueza inmueble improductiva que por tres siglos había acumulado la Iglesia católica.

Estas ideas se fueron perfilando en conjunto como “liberalismo” cuyo exponente más reconocido en esta época fue José María Luis Mora.

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